“La aventura de atreverse a amar exige atreverse a pertenecer y no poseer, a ofrecer y antes que exigir el amor del otro.”

DOMINGO 29 DE OCTUBRE DEL 2017

EVANGELIO
[Amarás al Señor, tu Dios, y a tu prójimo como a ti mismo.]
Del santo Evangelio según San Mateo 22, 34-40

En aquel tiempo, habiéndose enterado los fariseos de que Jesús había dejado callados a los saduceos, se acercaron a Él. Uno de ellos, que era doctor de la ley, le preguntó para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la ley?”. Jesús le respondió: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el más grande y el primero de los mandamientos. Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se fundan toda la ley y los profetas”. Palabra del Señor.

REFLEXION
Si te dieran la opción entre vivir amando o vivir odiando, ¿qué opción elegirías? Yo creo que el 99% elegiría vivir amando… sin embargo, aunque hemos elegido el amor como nuestro camino de vida, ¡qué difícil es amar a veces! Aquí les comparto tres ideas entorno al Evangelio de hoy.

El amor nace de Dios. San Juan en su primera carta nos regala esta hermosa profesión de fe: «Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en Él» (1 Jn 4,16). Por lo tanto, el amor del que Jesús habla, tiene su origen en esta experiencia de ser amados por Dios. Por eso, el amor cristiano es un amor agradecido.

Si el origen de mi amor por los demás está en mi corazón solamente, muy pronto se agotará o encontrará su límite. Profundizar mi experiencia de Dios es la condición necesaria si quiero amar más a mi familia, a mis amigos, a quienes me rodean.

Amar es contrario a poseer. Cuando se ama a alguien, como Dios nos ha amado, no se busca poseer, sino pertenecer. No se trata que la otra persona haga lo que le pido, sienta como yo quiero, etc… Se trata de entregarle mis acciones, mis sentimientos, mis preocupaciones y mi tiempo para que ella o él sea feliz.

Como ven, no es poseer sino entregar. Sin embargo, esto tiene un gran riesgo: ser rechazados, no valorados, utilizados o ignorados… como le sucedió a Jesús al ser traicionado y crucificado. ¿Por qué arriesgarnos a amar? ¡Porque Dios lo hizo conmigo primero! ¡Es el camino de la libertad, de la plenitud y el único camino al Cielo!

¡El Amor no “se hace”, se recibe y se comparte! Fuimos creados para el amor. Si nos pensáramos como “máquinas” creadas por Dios, fuimos pensados y creados para el amor, nuestra vida plena es el amor. ¡Por eso, nos duele tanto no poder amar! Pero este amor no lo podemos reducir a la sensualidad o al placer. El amor no es una cosa que se pueda comprar o una sustancia que se pueda producir. Nosotros no lo podemos hacer, se nos da, sólo lo podemos RECIBIR y OFRECER.

Por eso, lo que hoy nos enseña Jesús es a relacionarnos con Dios de la manera en la que El nos enseñó, recibiendo el amor del Padre y compartiéndolo con los demás… en esto consiste “la Ley y los Profetas”: en que Dios nos amó primero y nosotros hemos creído en su Amor.

Esta semana, hay un solo propósito: amar a nuestro prójimo como Dios nos ha amado. ¡Sea Él nuestro guía en este propósito!

Por tu Pueblo,
Para tu Gloria,
Siempre tuyo Señor.

Pbro. Héctor M. Pérez V.